El Tríptico del Buen Pastor

“… la composición para órgano, Tríptico del Buen Pastor de Jesús Guridi, considerada por el organista Esteban Elizondo como la mejor obra española del género en el siglo XX.”

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El Año de la Misericordia ha sido la ocasión de recordar a Jesús bajo la figura del Buen Pastor. “Al ver a las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban agobiadas y desamparadas como ovejas sin pastor” (Mt 9, 36). En primer lugar, Cristo mira, repara en cada persona en concreto, y su mirada tiene capacidad de cambiar la vida de cada persona, siempre y cuando correspondamos a esa mirada. No contempla la multitud, como suelen hacer algunos, como un número, un colectivo despersonalizado sino que sabe que está compuesta de personas concretas, y cada una de ellas es digna de ser amada. Así se entiende que Jesús el Pastor esté presente en tantas creaciones artísticas a lo largo de los siglos como los frescos de las catacumbas romanas, un capítulo de De los nombres de Cristo de Fray Luis de León o la composición para órgano, Tríptico del Buen Pastor de Jesús Guridi, considerada por el organista Esteban Elizondo como la mejor obra española del género en el siglo XX.

La belleza, en este caso de la música, puede servir para hacer oración. Recuerdo cuando escuché la obra de Guridi por primera vez. Era un adolescente y acompañé a mi madre para escuchar esta y otras composiciones en el órgano de la basílica del Pilar de Zaragoza, interpretado por aquel organista excepcional que fue Joaquín Broto Salamero. Dieciocho minutos plenos de resonancias evangélicas y con algunos pasajes de tal majestuosidad que no es difícil sentirse transportado a cimas de oración y presencia de Dios. Por eso no me sorprendió del todo la anécdota del canónigo y organista de la catedral de Sevilla, José Enrique Arraya, que aseguraba que después de interpretar la pieza del compositor vasco, se le acercó un señor mayor para decirle que quería confesarse, pues no lo hacía desde su primera comunión. La música sacra también puede obrar milagros para quien tenga los oídos y el corazón bien abiertos.

He vuelto recientemente a escuchar el Tríptico y me ha inspirado estas reflexiones. No pretenden ni explicar ni agotar las posibilidades de una audición. Más allá de las intenciones programáticas de un compositor, en forma detallada o más frecuente a modo de pinceladas, están nuestras propias inspiraciones. Pero si nos quedamos en la mera belleza estética, no hemos entendido nada, pues la música sacra es, ante todo, una alabanza a Dios, un recuerdo de su presencia en nuestras vidas.

La obra se estrenó en 1954 con motivo de la inauguración de la catedral del Buen Pastor de San Sebastián. La integran tres movimientos: El rebaño, la oveja perdida y el Buen Pastor. En el primer movimiento he percibido un rebaño alegre y saltarín. Las ovejas están contentas y despreocupadas. Sin embargo, también se intercala una melodía de tonos melancólicos, que hace presagiar un peligro incierto. Me he preguntado por qué el rebaño está contento y hallo una respuesta: porque su Pastor está con Él. Realmente se está bien con el Señor, pero a veces nos olvidamos que la existencia del cristiano no es un monte Tabor, en el que podemos quedarnos a gusto. Cristo también pasa por el Calvario para llegar a la gloria de la Resurrección. Da la vida por sus ovejas para que tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10, 10). Un cristiano no puede quedarse en el consuelo del templo, pues tiene que salir al encuentro de sus hermanos los hombres, tal y como hizo su Maestro. Le esperan dificultades e incomprensiones, pero su fe le hace saber que su Señor le sostendrá. Se le pueden aplicar las palabras dirigidas a Josué: “¡No tengas miedo, ni te desanimes, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas!”(Jos 1, 9).

El segundo movimiento, La oveja perdida, se caracteriza por el estallido de una fuerte tempestad. Truenos y relámpagos nos recuerdan la Sinfonía pastoral de Beethoven. Las ovejas se dispersan en busca de refugio, aunque una de ellas se pierde y sentimos su balido triste y lastimero. Parece dar vueltas sin sentido y cada vez más su soledad se torna en angustia. Pienso que la historia de la humanidad está llena de ovejas perdidas. Consciente o inconscientemente se alejaron del rebaño. Creyeron que podían ser libres para ir donde les viniera en gana, pero no asumieron sus limitaciones. Pronto se sumieron en la tristeza, en el vacío existencial, si bien intentaron llenar los huecos de su vida con actividades frenéticas, o simplemente se derrumbaron cansadas y decepcionadas en la cuneta de la vida. ¿No habrá nadie que salga a su encuentro para llevarlas a recostar en verdes praderas y conducirlas a fuentes tranquilas? (Sal 22, 3).

El tercer movimiento, El Buen Pastor, es el de mayor duración, unos diez minutos. Se trata de una música majestuosa y enérgica que se asemeja a un canto litúrgico, de alabanza de los ángeles del cielo, por no decir de la Creación entera. El sonido es enérgico y triunfal, pero a la vez es apacible. Me recuerdan los rasgos de Jesús, los que se señalan en Mt 12, 20 a partir de una cita de Isaías: “La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará”. Así es el Buen Pastor, el que, gozoso, pone a la oveja sobre sus hombros para llevarla a casa. En este movimiento del Tríptico hay una melodía, casi pegadiza, que infunde una paz y una alegría contenidas. Lo identifico con el Buen Pastor. Me he acordado entonces de unas palabras del Papa Francisco dirigidas a los sacerdotes, pero extensibles a cualquier auténtico seguidor de Cristo, que también tiene la misión de velar por sus hermanos: “Para él, la tristeza no es normal, sino sólo pasajera, la dureza no le es ajena, porque es pastor según el corazón suave de Dios”. El final del Tríptico me parece, por un lado, un gran coro de alabanza a Dios, pero también es una música comedida, algo que nos recuerda que el Señor se manifiesta, tal y como hizo con el profeta Elías, no en el terremoto ni en el viento fuerte sino en una ligera brisa.

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